Reflexionemos!!!!!

lunes 12 de julio de 2010

ADOLESCENTES QUE NO ESTUDIAN NI TRABAJAN EN AMÉRICA LATINA / por Vanesa D’Alessandre (Argentina)


Vanessa D’Alessandre es Socióloga;

se desempeña en la actividad privada

y en vinculación con la SEDRONAR,

(Secretaría de Programación para la Prevención de la

Drogadicción y la Lucha contra el Narcotráfico),

organismo responsable de coordinar las políticas nacionales

de lucha contra las drogas y las adicciones en la República Argentina.


INTRODUCCIÓN

La adolescencia es una fase del ciclo vital, breve, intensa y caracterizada por cambios repentinos. Es una categoría conceptual socialmente construida y relativamente reciente en la historia de occidente. De este modo, no se limita a una franja etaria, sino a un modo de relacionarse con los cambios físicos impuestos desde la biología y con las expectativas a través de la cuales cada sociedad, a lo largo del tiempo organiza y regula ese proceso. Es un momento vital en donde el conflicto intergeneracional es deseable –necesario, imprescindible- para la renovación de las dinámicas familiares.

Un momento en donde paulatinamente la centralidad de la familia de origen se desdibuja de cara al grupo de pares, y los escenarios sociales e institucionales que habilitan estas nuevas interacciones. Los adolescentes, idealmente, interpelan y redefinen su relación con el entorno. En este sentido, la adolescencia alude a un modo de habitar el mundo en tiempo presente. No obstante, la adolescencia es también un momento de transición entre la infancia y la vida adulta.

Una nueva etapa en la socialización en donde se ponen en acto los recursos adquiridos durante la niñez al servicio de una mayor autonomía. La adolescencia en este sentido puede caracterizarse también como un impulso hacia afuera.

A la vez, la adolescencia se sitúa en una franja etaria de límites variables según el contexto social, momento histórico o disciplina desde la cual se la aborde. Para la elaboración de este cuaderno, se trabajó con la población de 12 a 17 años dado que es el grupo de edad que mejor se ajusta a las edades teóricas de inicio y culminación del nivel secundario. Desde esta perspectiva ¿cuántos adolescentes hay en América Latina?

De acuerdo a la última información disponible el 12% de la población latinoamericana es adolescente. Es decir, del total de 565 millones de latinoamericanos3, 69 millones tienen entre 12 y 17 años, se distribuyen por sexo en forma pareja, mayoritariamente viven en ciudades y conviven junto a, por lo menos, uno de sus padres.

Como es sabido, la estructura poblacional guarda relación con el nivel de desarrollo de los países.

Los países del Cono Sur son aquellos en donde la proporción de población de entre 12 y 17 años es menor, en contraposición con los países centroamericanos en donde la población adolescente representa entre el 14 y 16% del total.

El tránsito desde la adolescencia al mundo adulto estuvo tradicionalmente atravesado por la tensión entre la incorporación al mercado laboral y la permanencia dentro del sistema educativo.

En este sentido, se produjeron importantes avances en el reconocimiento de que la formación de sujetos y ciudadanos plenos requiere más tiempo que en épocas pasadas debido, fundamentalmente, a que los recursos para participar e integrarse a sociedades complejas son cada vez mayores.

Esta certeza se expresa en la creciente incorporación de la escuela media dentro del ciclo de educación obligatoria. En la actualidad, prácticamente en todos los países latinoamericanos la educación obligatoria se extiende hasta completar diez años de escolarización mientras que, en algunos casos, alcanza a la totalidad del nivel medio.

De este modo, la escuela media deja de ser –al menos normativamente- una opción y se instaura como un derecho irrenunciable que convoca a los adultos de referencia y a los Estados a sostener y garantizar una educación de calidad.

En este marco, el trabajo en la adolescencia –si bien implica nuevas interacciones con el mundo adulto- lejos de ofrecer recursos para el ejercicio y fortalecimiento de la ciudadanía, opera como obstáculo en tanto interfiere en la trayectoria educativa. Se han hecho importantes progresos en este sentido durante la última década, en tanto con diferentes velocidades pero de manera sostenida, todos los países para los que se cuenta con información han registrado una mejoría en su capacidad de incorporar y retener a los adolescentes dentro del sistema educativo.

De hecho, la probabilidad de que un adolescente termine sus estudios del nivel medio e incluso continúe su formación en el nivel superior aumentó aproximadamente un 22%. Esto es, entre quienes tienen actualmente entre 20 y 25 años, el peso relativo de la población que terminó sus estudios secundarios, que estudia una carrera del nivel superior o que la terminó, es un 22% mayor que el mismo grupo entre la población de entre 30 y 35 años.

No obstante, el doble proceso de incorporación masiva de los adolescentes a la escuela y su retirada del mercado laboral está todavía inconcluso.

Aún hoy, en algunos países el grupo de adolescentes que estudia y no trabaja -esto es, la situación deseable- representa solo a la mitad de los adolescentes. Las tasas de actividad entre

la población escolarizada siguen siendo elevadas, y en los países en donde la situación es más crítica, se acerca al 30%.

Asimismo, todavía hay 11 millones de adolescentes excluidos del sistema educativo formal. En la región, aproximadamente uno de cada diez chicos de entre 12 y 14 años y un cuarto de los adolescentes de entre 15 y 17 años no asiste regularmente a la escuela.

Sin embargo, no todos los adolescentes participan del mercado laboral. En este grupo, las tasas de actividad fluctúan entre el 40% y el 80% según el país.

De este modo, surge un conjunto de adolescentes doblemente excluido. Es decir, excluidos de la oportunidad de participar del entramado social a través del trabajo, pero fundamentalmente conforman un grupo que la escuela no está pudiendo incorporar plenamente, aún en un contexto de fuerte expansión.

En pocas palabras, en América Latina hay alrededor de 5 millones de adolescentes para los cuales el paso a la vida adulta se está dando, en principio, por otros carriles que los previsibles, y cabe pensar si en algunos casos no se trata tan solo de un impulso vital vaciado de su potencialidad para ampliar las oportunidades futuras de integración social.


LA TENSIÓN ENTRE ESTUDIAR Y TRABAJAR

Antes de adentrarse en el análisis del grupo de adolescentes que no estudian no trabajan ni buscan trabajo es imprescindible jerarquizar los términos que lo definen.

En principio, es indudable que la condición de exclusión educativa determina una situación de vulnerabilidad que no es compensada en ninguna forma por la inserción en el mercado laboral. Aún así, en este texto se enfatiza en la conceptualización de la adolescencia como aquella etapa en la socialización en donde idealmente se incorporan nuevos recursos para la plena integración social a la vida adulta, y en este sentido, trabajar o no trabajar establece una diferencia.

Aún cuando en la mayoría de los casos los adolescentes trabajan en condiciones laborales indeseables y desprotegidas, esta práctica los acerca, aunque en forma insatisfactoria, a un entramado de relaciones sociales y a una dinámica propia del mundo adulto. De este modo, desde el punto de vista adoptado en este texto, no estudiar y tampoco trabajar, constituye un escenario de doble exclusión, que merece una atención diferenciada.

Ahora bien, un primer aspecto que se destaca del grupo de adolescentes que no estudian ni trabajan es que se expande con la edad y de este modo se enmarca en un proceso más general, ampliamente conocido: a medida que los adolescentes crecen, la escuela pierde matrícula. Es así, que la disminución del peso relativo del grupo escolarizado entre los 12 y 17 años para el conjunto es del 31%.

No obstante este valor está ampliamente polarizado5. En efecto, Chile, con tasas de escolarización a los 12 años muy elevadas sufre una pérdida acumulada casi cinco veces menor que Honduras o Guatemala. A la vez, en estos países, el desplazamiento de la escuela de la vida de los adolescentes se da más tempranamente que en aquellos donde la brecha entre la proporción de población escolarizada entre los 12 y 17 años es menor.

Esto es, aquellos países que lograron incorporar una mayor cantidad de niños a la escuela consiguen también retenerlos por más tiempo. Esta tendencia se ratifica al incorporar al análisis el capital educativo del hogar.

La desescolarización es una problemática claramente vinculada con la posición del hogar en la estructura social. Es así que la reducción de la tasa de escolarización entre los adolescentes provenientes de los sectores menos favorecidos –quienes a su vez como grupo parten de valores más bajos- cuadriplica a la del grupo de adolescentes con más recursos socioeconómicos.

Ahora bien ¿en qué medida el mercado laboral incorpora a los adolescentes que interrumpieron sus estudios? ¿En qué medida los adolescentes que trabajaban y estudiaban priorizaron o se vieron obligados a abandonar la escuela? ¿Se conforma algún perfil definido?

Indudablemente.

Si bien a medida que aumenta la edad comienzan a aparecer otros motivos asociados a la interrupción de las trayectorias educativas además de las dificultades materiales7, la amenaza de la deserción temprana es una realidad mucho más frecuente entre los adolescentes provenientes de los sectores más desfavorecidos que entre quienes conviven con adultos de alto capital educativo.

Basta con observar que a los diecisiete años nueve de cada diez adolescentes provenientes de los hogares socio económicamente mejor posicionados asiste a la escuela en tanto la mitad de los más pobres a esa edad ya interrumpió sus estudios. Asimismo, se observan comportamientos diferenciales respecto al mercado laboral.

Esto es, si bien la cantidad de adolescentes que no asisten regularmente a la escuela y tampoco trabajan provienen en gran mayoría de los estratos más pobres, la probabilidad de que un adolescente desescolarizado trabaje es mayor entre aquellos que provienen de los sectores sociales más bajos que entre aquellos adolescentes que viven en los hogares de mayores recursos socio económicos. Es decir que en los sectores más pobres la tensión entre el trabajo y el estudio es más intensa mientras que en los estratos más altos el vínculo entre la deserción y la incorporación al mercado laboral es más endeble.

Por último, la proporción de adolescentes desescolarizados es similar entre varones y mujeres.

No obstante, la relación con el mercado laboral está claramente atravesada por el género. Esto es, por cada mujer desescolarizada que trabaja o busca trabajo hay dos varones en la misma situación. Esto posibilita una lectura complementaria a la afirmación del párrafo anterior: cuando los adolescentes no estudian si son varones muy probablemente trabajen, y si son mujeres, es más frecuente que a la exclusión educativa se sume la exclusión laboral.


LOS ADOLESCENTES QUE NO ESTUDIAN, NO TRABAJAN,

NI BUSCAN TRABAJAR

¿Quiénes son?

No es necesario hilar fino para comprender que se trata de un grupo de adolescentes socialmente vulnerado. La exclusión simultánea y tan temprana de los espacios históricamente vinculados con las oportunidades de movilidad social es indudablemente expresión de una historia, un presente y -de no revertirse- un futuro de privaciones y acumulación de desventajas. En principio, su prevalencia aumenta en los países más pobres.

La proporción de adolescentes de entre 12 y 17 años que no estudian ni trabajan en Guatemala, Honduras o Nicaragua, triplica a la de Chile o Argentina8. Una excepción es Bolivia, en donde a pesar de ser un país con arraigados niveles de pobreza, el grupo de adolescentes que no estudia ni trabaja es comparativamente muy pequeño.

A la vez, en las zonas rurales el grupo de adolescentes que no estudia ni trabaja es casi el doble que en las ciudades. En efecto, con excepción de Colombia, en donde probablemente estén incidiendo los desplazamientos forzados de poblaciones rurales hacia las grandes urbes, en todos los países considerados la probabilidad de hallar un adolescente que no estudie ni trabaje es superior en las áreas rurales que en las urbanas.

En estos casos, es probable que a las desventajas vinculadas con las condiciones materiales de vida se sumen problemas de oferta de servicios educativos9. La brecha geográfica es especialmente amplia en Honduras, El Salvador, Guatemala, Panamá y Paraguay; menos pronunciada en Ecuador, Costa Rica, Nicaragua y México, y casi imperceptible en Chile, República Dominicana, Brasil y Bolivia.

Como se sugirió anteriormente, un rasgo característico de este grupo de adolescentes es la marcada presencia femenina. En todos los países el grupo de adolescentes que no estudia ni trabaja está compuesto mayormente por mujeres. Las brechas más extensas se observan en Guatemala y Paraguay en donde la proporción de mujeres por fuera de ambos espacios de interacción social quintuplica a la de los varones.

En el otro extremo se ubican República Dominicana, Chile y Argentina en donde la diferencia por sexo del peso relativo del grupo de adolescentes que no estudian ni trabajan no supera los dos puntos porcentuales.

Asimismo, la probabilidad de encontrar un adolescente que no estudie ni trabaje es más pronunciada entre los hogares con bajo capital educativo que en aquellos donde los adultos acumularon más años de estudio. Este dato, sumado a la información previa, permite varias lecturas. En primer lugar el nivel educativo de los adultos del hogar expresa una historia social, un contexto de posicionamientos diferenciales en la estructura social.

En este sentido, se observa una vez más cómo las desventajas acumuladas se transmiten intergeneracionalmente por múltiples vías entre las cuales la relación entre el nivel de instrucción y calidad de la inserción ocupacional es una de las más significativas. Esto es, en los casos en que los adultos con bajo nivel educativo tienen trabajo, su inserción ocupacional suele estar limitada a los sectores menos productivos de la economía y al sector informal.

En este contexto, los adolescentes forman parte de los recursos que el hogar necesita movilizar con el propósito de acceder a un mínimo de bienestar. De este modo, la deficiente e inestable relación de los adultos de los hogares más pobres con el mercado laboral constituye un factor asociado a la interrupción anticipada del vínculo de los adolescentes con la escuela en tanto son impulsados a ocupar roles dentro de la familia orientados a complementar los ingresos familiares o a facilitar que los adultos los consigan, cuidando la vivienda, a los niños pequeños, o haciéndose cargo de las actividades domésticas.

Frente al desafío cotidiano de construir bienestar, los adolescentes de los hogares más vulnerables se instauran como “variables de ajuste” de primer orden.

En segundo lugar, el nivel educativo y especialmente la duración que en el pasado o incluso en el presente, caracteriza la relación de los adultos con el sistema educativo, es un indicio que permite dar cuenta de una percepción sobre el grado de afinidad de esa familia con el sistema escolar, y que muy probablemente se actualice en la definición del vínculo entre los adolescentes y la educación formal.

En efecto, la información disponible en las encuestas de hogares de algunos países de la región da indicios acerca del modo en que algunos aspectos subjetivos, como el desinterés y la falta de representaciones capaces de sostener el vínculo con la escuela emergen como una declaración fuerte que se suma o desplaza a los obstáculos asociados a las dificultades económicas.

En este sentido, es importante no perder de vista que no sólo las desventajas materiales se transmiten de generación en generación, sino que también los recursos subjetivos que permitirían el aprovechamiento de oportunidades, aquellos que como la escuela, al menos en términos formales se traducirían en un futuro socialmente superador, están condicionadas por el contexto en el que se forman los sujetos y con la capacidad que las respectivas instituciones, en este caso la escuela, tengan para procesarlo de cara al cumplimiento de sus objetivos declarados.

Un contexto en el que la familia sin dudas ocupa un lugar central en las decisiones que tome un adolescente en relación con su futuro; pero también un barrio, una ciudad, un espacio social de interacción.

En efecto, es posible imaginar que la presión silenciosa que ejerce sobre un adolescente el hecho de formar parte de una comunidad donde una proporción considerable de los jóvenes y adultos se encuentra cursando, culminó sus estudios secundarios o superiores, es tanto o más intensa que aquella implicada dentro del hogar de origen.

A la vez, esta perspectiva interpela fuertemente a la escuela en tanto se muestra incapaz de contrarrestar los estímulos hacia la deserción. En este sentido, es indudable que la valoración de los adultos y adolescentes hagan de la escuela depende en gran medida de las estrategias de acercamiento efectivas que esta despliegue para incorporar a las familias históricamente excluidas de ejercer plenamente su derecho a la educación.

Esta decisiva y compleja articulación entre aspectos materiales y subjetivos ligados a las posibilidades reales de apropiación de las oportunidades que ofrece la escuela, pueden ser también un aporte para comprender el perfil diferencial de este grupo de adolescentes. Esto es, un fenómeno que se distingue por ser mucho más pronunciado en los países más pobres de la región, en las áreas rurales, en los hogares con bajo capital educativo y fundamentalmente una situación mucho más frecuente entre las mujeres que en los varones.


SITUACIÓN EDUCATIVA DE LOS ADOLESCENTES

QUE NO ESTUDIAN NI TRABAJAN

¿En qué momento se vio truncada la trayectoria escolar de los adolescentes que no estudian ni trabajan? La situación más frecuente en este grupo es haber interrumpido el vínculo con la educación formal sin haber accedido al nivel medio, durante la escuela primaria o una vez que terminaron el nivel.

Las situaciones más críticas se observan en Guatemala y Honduras donde prácticamente la totalidad de este grupo de adolescentes abandonó la escuela antes de ingresar al secundario.

Asimismo, el grupo de países en donde las tasas de escolarización entre los adolescentes son más altas: Argentina, Brasil, Chile, Ecuador y México, es también aquel en donde la deserción de los adolescentes que no estudian ni trabajan se da más tardíamente.


Este panorama se refuerza con una evidencia inquietante. En todos los países considerados hay un grupo de adolescentes que nunca ingresó al sistema educativo formal. Entre ellos, la gran mayoría son analfabetos. El peso relativo de este grupo dista de ser marginal. Las situaciones más críticas se observan en Guatemala y Nicaragua en donde un cuarto del conjunto de adolescentes que no estudia ni trabaja nunca accedió a la educación formal, en tanto en República Dominicana, Brasil, El Salvador y Honduras esta proporción se encuentra entre el 11 y el 15%.

De este modo, la exclusión educativa y su situación más crítica –el analfabetismo- constituyen rasgos alarmantes y distintivos de este grupo poblacional.


LOS HOGARES DE LOS ADOLESCENTES QUE NO ESTUDIAN NI TRABAJAN

Las Encuestas de Hogares permiten dar cuenta en gran medida de las relaciones de parentesco que vinculan a las personas convivientes dentro de un hogar. En relación con los adolescentes que no estudian ni trabajan, esta información es un importante recurso para esbozar a grandes rasgos las responsabilidades a las que se encuentran expuestos, en tanto permite identificar la etapa del ciclo vital que está atravesando el hogar y el rol que el adolescente desempeña dentro de la estructura parental.

En efecto, si el adolescente que no estudia ni trabaja es el jefe o cónyuge del hogar, es posible imaginar un contexto en donde la etapa de formación está siendo desplazada o postergada en vistas al ingreso a la vida adulta anticipada.

Otra situación es aquella en que los adolescentes desescolarizados e inactivos son yernos o nueras del jefe de hogar. En estos casos, muy probablemente se trate de parejas jóvenes que ante la falta de recursos para conformar y sostener un hogar independiente viven bajo el mismo techo que los padres de uno de los integrantes de la pareja.

Otro aspecto determinante de la dinámica de un hogar es la presencia de niños pequeños.

Cuando estos son hijos de los adolescentes que no estudian ni trabajan claramente dan cuenta de situaciones en donde la crianza desplaza a la etapa de formación; no obstante, si estos son sus hermanos lleva a preguntarse en qué medida los adolescentes del hogar –en la práctica fundamentalmente las mujeres- son requeridos para acompañar y sostener las tareas de los adultos relacionadas con la crianza de sus hijos pequeños.

Del análisis de la información disponible se desprende que los aspectos que diferencian a los hogares de este grupo específico de adolescentes del resto, es la relación de parentesco que los vincula con el jefe de hogar y la convivencia con niños pequeños. Esto es, la probabilidad de que un adolescente no sea hijo del jefe y/o que conviva con niños menores de 6 años es muy superior en los hogares donde al menos hay un adolescente que no estudia ni trabaja que en el resto de los hogares con adolescentes. En gran medida se trata de adolescentes que encabezan el hogar o son yernos o nueras del jefe del hogar.

Si bien se observan diferencias según el estrato social y área geográfica, en relación con la composición de los hogares de los adolescentes que no estudian ni trabajan y el resto, el sexo es de las tres, la variable de mayor capacidad explicativa. En principio y como se mencionó anteriormente, el grupo de adolescentes desescolarizado e inactivo está conformado mayormente por mujeres. Asimismo, el grupo de mujeres adolescentes que no estudian ni trabajan se distancia del resto de las mujeres adolescentes, conformando un perfil más delineado en sus contornos que el resto de los grupos considerados.

De hecho, dos de cada diez mujeres adolescentes que no estudian ni trabajan son cónyuges, nueras o jefas de hogar cuando prácticamente ninguna de las mujeres adolescentes que estudian y/o trabajan ocupan esta posición dentro del hogar del cual forman parte. A esto se suma que la mitad de las mujeres

adolescentes en esta condición conviven con niños menores de seis años en tanto esta proporción se reduce en 20 puntos porcentuales para el resto de las mujeres adolescentes.


A MODO DE CIERRE

La revisión de la información presentada en este estudio permitió esbozar algunas situaciones específicas dentro del grupo de adolescentes que no estudian ni trabajan que si bien no lo abarca en su totalidad no deberían pasar inadvertidas en el campo de las políticas sociales y educativas.


En primer lugar, se destaca un grupo de personas de 12 a 17 años históricamente vulnerado.

De este modo, si como se dijo anteriormente, la adolescencia constituye una etapa en la socialización caracterizada por la paulatina incorporación de recursos para participar activamente en la vida adulta, estaríamos frente a un grupo de personas para quienes la adolescencia nunca comenzó.

Esto es, personas que nunca accedieron a la primera instancia del pasaje de la familia hacia la vida social –los primeros años de educación básica- y que para el conjunto de la sociedad, se da idealmente durante la primera infancia, a través de la educación inicial. En este grupo las elevadas tasas de analfabetismo sugieren historias familiares signadas por la exclusión social, en donde el vínculo con la escuela no alcanzó siquiera a comenzar.

La contundencia de esta situación es indiscutible, pero aún así es importante considerar que la información disponible hace referencia a la exclusión del sistema educativo formal, cuando en algunos países se encuentra considerablemente expandida la oferta informal. No obstante, aún contando con algún tipo de formación, es importante no perder de vista que esta no ha sido suficiente para incorporarse al mercado laboral.


En el otro extremo, se encuentran aquellos adolescentes que por uno u otro motivo, abandonaron su adolescencia tempranamente para posicionarse de lleno en los roles de la vida adulta.

Es el caso de los varones y mujeres que siendo muy jóvenes interrumpieron sus estudios para conformar un hogar, independiente o al interior del hogar de origen de uno de los miembros de la pareja, o las madres o padres adolescentes que no conviven con sus parejas que viven solos o junto a sus padres.


Por último, se identificó a un grupo -numéricamente el más importante de los tres conformado por quienes interrumpieron su adolescencia para sumarse a los adultos en la construcción del bienestar del hogar.

En este contexto es importante destacar que si bien la probabilidad de abandonar los estudios es similar para los varones y las mujeres, existe una marcada prevalencia femenina en el grupo de adolescentes que no estudian ni trabajan, lo cual se contrapone con las elevadas tasas de actividad entre los adolescentes varones desescolarizados.

Frente a esta evidencia, se vuelve imprescindible reflexionar en primer lugar, acerca del modo en que la vulnerabilidad socio económica de los hogares corroe las condiciones de estabilidad necesarias para que los adolescentes puedan permanecer estudiando y en el caso específico de los adolescentes que no estudian pero tampoco trabajan, el modo en que el género condiciona la forma que finalmente adoptará este involucramiento.

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